El siluro de Sástago

Como todas las historias que contamos en las Tertulias los nombres de las personas que protagonizan la historia son falsos, no así la historia que es verdadera. Esta historia ocurrió hace unos años en las cercanías de Sástago. Un grupo de amigos organizaron una jornada de pesca y marcharon a un lugar secreto en las cercanías del pueblo, donde según Jesús había mucho siluro.

La jornada consistía en acudir a los puestos de pesca con las primeras luces del amanecer, cebar las cañas, lanzarlas al río y empezar a sacar siluros sin parar, hacer una pausa para almorzar, rápida, lo que cuesta asar una panceta un poco de longaniza, beber un par de tragos de vino, contar tres o cuatro mentiras de las que cuentas los pescadores o los cazadores y volver rápidamente a las cañas para seguir sacando siluros sin parar hasta la hora del vermouth, donde como siempre haríamos viajes a los diferentes bares del pueblo, la primera cerveza al bar del Manchón, la segunda al Maximino, la tercera a la Maravilla, la cuarta al Hostal etc. Mientras tanto algún bromista hacia sonar el cascabel de alguna caña atando un hilo a la caña, haciendo que el dueño saliera disparado a ver si había picado algo y se daba cuenta que había sufrido la broma del bromista de turno.

A continuación mientras Manolo hacia el arroz los demás jodíamos la marrana con que lo hacia mal, que le falta agua o cualquier cosa que molestara al chef, todo ello sin dejar de sacar siluros del río.

La realidad fue que con las primeras luces echamos las cañas al río y no vimos picada hasta la hora del almuerzo, y después del almuerzo seguimos sin ver picada hasta la hora del vermouth, y la desgracia fue que cuando íbamos por el Maximino sonó el cascabel de mi caña. Primero me asegure que no era la broma de ningún hilo y cuando estuve seguro porque la caña se doblaba hasta tocar la punta en el agua del río salí disparado y comprobé que un monstruo se había enganchado a mi caña, era la primera picada de la mañana y tenia en la caña un bicharraco que salía disparado sacando toda la línea del carrete.

Nunca pensé que me resultaría tan difícil sacar un pez del agua, mientras el animal cedía y se marchaba los “amigos” empezaron su juerga particular Jesús se me ponía delante y me secaba el sudor de la frente, Carlos por detrás me empentaba un vaso de vermouth en la boca atragantándome, manolo me endiñaba un mejillón sin que me hubiese recuperado del atragantamiento, Eduardo no paraba de decirme ¡ tira!, ¡afloja..!, ¡tiraaaa..!, ¡que se vaaaaa….!.

Yo seguía sin ver nada porque Jesús se empeñaba en ponerme un cachirulo en la cabeza uniendo dos servilletas, para hacer la foto decía él. Yo juraba en hebreo porque no me dejaban ver y Carlos se empeñaba en meterme por el gaznate el vermouth del vaso y me decía que no hiciera caso a nadie que el pez no se iba a soltar Manolo me metía un mejillón tras otro y yo me atragantaba, tosía juraba y el pez tiraba como un demonio.

Opte por sentarme en el suelo para que me dejaran en paz y por fin salió a la vista la lomera del siluro de treita y tantos Kg que estaba enganchado en mi caña y que me estaba agotando. Por fin conseguí acercarlo a la orilla sin levantarme de donde me había sentado y Javi lo cogió con el gancho y lo saco del agua, entonces me levante mirando con orgullo contenido, sin dar muestras de mi alegría, porque hubiese sido objeto de las mas duras criticas y mofas, el bicho enorme que tuve la suerte de pescar.

Tras las fotos de rigor acondicionamos el pez para mantenerlo vivo y terminamos por fin de tomar el vermouth aunque yo ya había visitado todos los bares del pueblo. No tuvimos ninguna picada hasta la hora de comer así que se quedaron las cañas en río y comimos el excelente arroz con conejo que había hecho Manolo, aunque lógicamente a el no se lo dijimos, sino todo lo contrario.

¡ un poco pasao esta el arroz!, ¡ y el conejo un poco crudo!, ¡ y soso ¡
¡ Tocarme los huevos, la próxima vez hará el arroz otro!
¡ No jodas Manolo que estos no tienen ni puñetera idea de hacer arroz ¡
¡ Esta buenísimo ¡

Entre dimes y diretes comimos, tomamos café, y no volvimos a tener picada en toda la tarde, cuando nos cansamos decidimos marcharnos y discutimos que hacer con el pez. Decidimos dejarlo como estaba y marchar al hostal a decidir que hacíamos con el animal si volvíamos a soltarlo o lo dejábamos y volvíamos al día siguiente.

En el hostal pedimos unas cervezas porque hacia calor y a nosotros hacia tiempo que se nos habían acabado, mientras comentábamos lo grande que era el pez y los kilos que pesaba, José Mari y Arcadio que estaban en el hostal no se creían que habíamos pescado un pez tan grande y Arcadio creyendo a pies juntillos que era mentira lo que narrábamos nos ofreció su coche para ir a buscar el pez. Ni corto ni perezoso Manolo cogió las llaves del todo terreno y me indico que fuera con el. ¡ Vamos a por el pez!

Montamos en el coche con Manolo, Sergio y yo. Recuerdo el viajecito de ida y vuelta como una carrera de la baja a Aragón, me vi en el Ebro tres o cuatro veces y me agarraba a todo lo que podía, mientras Sergio se escojonaba de risa y Manolo ponía cara de piloto de carreras. El pez que iba en la parte de atrás asomando la cabeza por la ventanilla pegaba unos botes que llegaban al techo del vehículo.

Por fin llegamos al hostal y demostramos a José Mari y Arcadio que el pez era como decíamos pero José Mari no estaba de acuerdo en el peso y nos fuimos con él a pesarlo a su casa, recorrimos el pueblo con el pez asomando su enorme cabeza por la ventanilla de atrás de todo terreno de Arcadio y llamando la atención de todo el que se daba cuenta del pez. En bascula el pez peso 34,8 Kg lo devolvimos al río vivo y coleando.

Texto: Jose Fernando Benito Gascón

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