Las bicicletas son para el verano

Tuve yo compañera inseparable, callada, más sumisa que obediente, precisa y eficaz, siempre aparente. Disfrutarla, placer inagotable. En extremo sufrida, constatable, ante el mal trato, sin queja, paciente. Nunca con ella ser pude exigente. Mi paliza, al rebote, inevitable. Servicial, sin desmayo, muy constante. Con gomas a estrenar, dicha completa. De pincharse, el desliz era agobiante. Arreglada y pintada: muy coqueta. ¡Ah, curioso! Sí, sí, ya va tunante, ella fue mi querida…

 R.F.T.

Y realmente sí, resultaba imprescindible. Era la bicicleta en nuestra época, como un apéndice inseparable. Sin ella no eras nada, no eras nadie. Ella sola se bastaba para tenerte entretenido. Dabas paseos, ibas a buscar a los amigos, callejeabas sin parar. A ella le dedicabas mucho tiempo en mantenerla limpia, cambiabas piezas, la decorabas, jugabas, hacías carreras, apuestas… y verdaderas burradas. Pero, vayamos por partes.

Aunque, prácticamente, sí que había en todas casas por lo menos una, no nos resultaba a los chavales nada fácil disponer de ella; no eran, generalmente, como hoy, un artículo lúdico sino, por el contrario, una herramienta de trabajo.

La mayoría de los obreros la usaban en sus desplazamientos a los distintos tajos. Había algunos que, con este medio de locomoción, se trasladaban hasta las minas de Mequinenza. También los labradores, cuando no eran precisos carros y caballerías para las faenas a realizar, las usaban. Era pues, en aquellos días, el medio de trasporte más generalizado y popular. Corrían los años cincuenta y principios de los sesenta. Hasta se pagaba impuesto municipal por ellas.

Con este estado de cosas era para nosotros poco menos que un artículo de lujo. Disponíamos de ella cuando no la usaban los mayores, con algún pretexto o a escondidas. También podía suceder, bendita situación, que la heredaras porque en casa se comprara una nueva.

Y, como cada circunstancia tiene su momento, al igual que poco a poco la nueva maquinaria fue sustituyendo carros y caballerías, las motocicletas, motos y otros vehículos, las fueron desplazando de su estatus de principal medio de locomoción de los mayores y fueron quedando para nuestro uso y disfrute (pasando a nuestra propiedad).

Y desde luego que no le mirábamos el pelo. No le poníamos ningún pero a si estaba en mejor o peor estado, ni a si era o no de nuestra talla. Si no llegabas a los pedales, la barra te lo impedía, no teníamos ningún inconveniente, se aprendía a pedalear pasando una pierna por debajo de ella. No sabíamos muy bien porqué razón, aunque llegaran a los pedales y hasta que las bicicletas sin barra (para chicas) comenzaron a ser más frecuentes, eran ellas las que más usaban esa modalidad de monta. Esta manera de pedalear tenía su dificultad, era muy fatigosa e insegura, daba la sensación de ser un tullido o casi lo quedabas. También era muy normal vernos rodar como si fuéramos en un tiovivo, como emulando a los ciclistas -Bahamontes era el de nuestra época- subiendo puertos de montaña, con su característicos y continuos balanceos. Pero, como habréis comprendido, no era esta la razón, quizás sí la excusa. El no llegar a los pedales y tener que salvar la barra en cada una de las pedaladas, nos obligaba a ello. Entenderéis que, de no hacerlo bien, los golpes en tan delicada zona eran muy dolorosos. Así que, en prevención de estos riesgos, no quedaba más remedio que adquirir rápidamente tan poco ortodoxas técnicas. A la hora de parar y bajar lo importante era quedar de pie y, más secundario, evitar que la cabalgadura terminara a golpes contra el suelo. Cosa que sucedía con relativa frecuencia.

Al pasar a ser de nuestra responsabilidad, la transformación sufrida por las “máquinas” fue sustancial. Y la nuestra, en cierto modo, también. El primer paso era hacerlas más prácticas, más deportivas. El aligeramiento de peso, importante: fuera guardabarros y salvacadenas; normalmente, el soporte; con bastante frecuencia, hacíamos desaparecer el fastidioso e impreciso sistema de frenos; y faro y dinamo, pocas veces se escapaban. Estos últimos elementos, si pasaban la limpia inicial, en la primera avería que tenían desaparecían.

Por nuestra parte, quién más quién menos, nos fuimos convirtiendo en aceptables o cuando menos en osados mecánicos: el arreglo de pinchazos, de párvulos; fuimos verdaderos expertos en el parcheado de cubiertas, aprovechando trozos de otras ya desechadas; no nos manejábamos mal colocando radios y alineando ruedas; maestros en la frenada directa a la rueda, trasera o delantera, con las suelas de los zapatos o calzado que usáramos; aceptables sustituyendo pedales o ajustando chavetas de las bielas; incluso nos atrevíamos con la dirección si teníamos que cambiar la horquilla delantera; se nos solían resistir los ejes de las ruedas, el del pedalier y la sustitución de platos y piñones, no teníamos herramienta adecuada… Así que por el taller pasábamos rara vez. A no ser por necesitar soldadura, herramienta muy específica, comprar alguna pieza imposible de reciclar de otras ya inservibles o para aprender viendo cómo trabajaba el especialista.

Fuertes y robustas tenían que ser, y lo eran. Malo era el estado de calles, carreteras –ni asfalto ni cemento les había llegado- caminos y senderos que frecuentábamos. Amén de cuidados, reparaciones y tiempo que les dedicábamos, por aquello de que lo cortés no quita lo valiente, la exigencia en prestaciones solicitadas y el mal trato al que a veces las sometíamos, no le iban a la zaga: Verdaderas barbaridades que rozaban la temeridad, si no lo eran.

Cuando en la cuadrilla eran escasas, todos la empleábamos a ratos y no en pocas ocasiones todos a la vez. No resultaba difícil vernos montados en una, a tres, cuatro y hasta siete u ocho. Sentados: en el sillín, la barra, el manillar y en el soporte; de pie: dos en las palomillas, traseras y delanteras y los que iban haciendo doblete en soporte y el sillín. Y cuando la teníamos casi todos porque había que hacer alarde y malabarismos, poniendo de manifiesto el dominio en su manejo: sin manos, conducirla con los pies o yendo sentados en sentido inverso al de la marcha o, una vez lanzada, ponerse de pie en el asiento o soporte… lo que propiciaba más de una caída.

Las utilizábamos para casi todo. Temeridades aparte, la usábamos también de forma más civilizada: con ellas podíamos alejarnos a lugares menos frecuentados, ir a pescaderos más apartados, hacer incursiones a los pueblos del entorno o cualquier otra actividad que se nos ocurriera o la inventábamos. Como cuando intentábamos emular a las motos. Para ello, colocábamos unos cartones, generalmente cartas de baraja, sujetos con pinzas a la horquilla trasera y delantera que invadían la zona de los radios. Al girar las ruedas, chocaban con ellos y producían un sonido que nos parecía el característico sonido de los motores de las motocicletas. Cuando se aproximaban las fiestas, dedicábamos tiempo a entrenar carreras de velocidad o de cintas, pruebas de habilidad, especies de gymkhana… Actividades habitualmente programadas para que pudiéramos participar con la bici.

Quizá sea por todo ello que, en gran medida, los pertenecientes a aquellas generaciones, románticos, todavía mantengamos un aprecio especial a estas máquinas. Aunque esta nostalgia, más de una vez, nos ponga en apuros. Por mucho que las usamos antaño, aquellas poderosas pedaladas no nos sirven para hoy. Y, como entonces, la continuidad en su manejo hace que se consiga disfrutar de ellas.

Texto: Usuario Andavelo de www.sastago.com

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