Para gustos están los colores. El monte de Sástago

Para los gustos están los colores. Así suele terciar el saber popular, tan amigo de dictar sentencias y haciendo uso de su gran variedad de aforismos, al intentar zanjar polémicas cuando los contertulios se enconan en sus postulados. En cuanto a paisajes se refiere, siempre me gustaron los parajes esteparios. Sí, disfruto de ellos; no hay ocasión en la que no lo proclame y defienda, aunque simplemente sea por el hecho, en gran medida, de ser el nuestro.

Aquel que nosotros, en el pueblo, Sástago y en los de la redolada, desde antaño, siempre hemos llamado el secano, el monte. Territorios forjadores de la tenacidad de sus pobladores, donde la vida parece decir ¡imposible! y ellos dicen ¡mentira! y viven.

Creo estar en lo cierto al pensar que la sociedad desdeña los paisajes áridos, no los valora, en un sentir compartido por nuestros gestores, que solamente en su remisión y transformación encuentran la manera de mejorar el difícil vivir de sus habitantes. La única justificación que encuentro es que, siguiendo con los adagios, “sólo amamos lo que conocemos”. Será que, haciéndolo bueno, no los conocemos. Suele suceder con demasiada frecuencia que visitamos lo que nos venden. Desdichadamente, este terreno nuestro no entra mucho en la gama de ofertas y eso que tenemos el gancho perfecto con Rueda. Además tampoco nos preocupamos demasiado de ponérselo fácil y asequible a los que puedan tener interés en visitarlo. Petra, como así los denomina mi querido amigo Luis. Éste, cuando realizamos alguna salida por nuestro Aragón e inevitablemente terminamos, la mayor parte de las veces, por estos espacios, en cierta ocasión me amonestó con una de sus expresivas y hermosas estrofas:

Sin camello, ni avioneta, ni brújulas en el cinto… Guiándonos del instinto ¡siempre acabamos en Petra!

recuerdo que, atrevido, respondí:

Mucho Petra visitamos a pesar de alternativas… porque tú y otros sabemos

QUE ES LA GRAN DESCOCIDA

Sí, el hecho de ser lo nuestro es razón más que suficiente para quererlo, valorarlo, estar orgullosos de él, defenderlo y promocionarlo. Mas, sin duda, otros muchos valores lo avalan.

Obviamente, soy un ferviente admirador de estos parajes y de los Monegros en general. Por su vastedad, todo es grande en ellos: por su insultante luminosidad; por los sonidos de su inquietante silencio; por la irresistible sensación de libertad que contagia; por la escasa contaminación lumínica nocturna que, a poco observador que se sea, permite divisar la inmensidad de la cúpula estelar que nos envuelve; por la gran variedad de posibilidades que ofrece en paseos andariegos o en bicicleta; por las fragancias aromáticas que alberga en el aire; por su quietud, solamente perturbada por el reverberar de la tierra bajo los justicieros rayos solares; por el exotismo de algunas variedades de flora y fauna llamadas a extinguirse, de no protegerlas; por su riqueza de color, cambiante con las estaciones; la gama de los verdes en primavera: alegres *****teros que parecen reír, mecidos por la brisa que presagia la llegada de la vivificadora lluvia, los agradecidos tomillos, romeros e incontables pobladores de la monteriza, los innumerables tonos de ocres, amarillos y grises en verano y otoño, su fantasmagórica apariencia en mañanas de invierno, cuando el dorondón las cubre con su blanco tapiz. Sí, estoy a gusto allí.

Todavía me sorprendo con algún escalofrío recorriendo mi cuerpo ante amaneceres o puestas de sol; ante la contemplación admirada de mases, parideras o aljibes y, entre sus ruinas, testigos mudos que no inexpresivos, recrear historias que todos hemos oído contar a los abuelos de sus vivencias en ellos; ante el penetrante canto o el rápido vuelo de perdices, el huidizo correr de los cada vez más escasos lagartos verdes; ante la inabarcable visión que se domina desde la cima de un cabezo, todavía con el sobrealiento provocado por el esfuerzo que supone haberlo subido o con el simple percibir de la variedad de fragancias desprendidas de sus aromáticos arbustos. Aunque siempre ha tenido valedores y defensores, ahora, por fin, parece que está empezando a ser valorado por quien tiene poder para potenciarlo, sacándolo del ostracismo y olvido que injustamente ha sufrido y sufre todavía.

Esperemos que sea para bien, se le sepa dar la importancia que tiene, hagan aflorar sus posibilidades y compaginar los intereses encontrados, que no son pocos. Qué puedo contar de las saladas, mases, planas, varellos, vales, barrancos, muelas, cabezos… Visitadlos, merece la pena, os sorprenderán. Encontraréis lugares y rincones dignos de ser observados y podréis comprobar, sin ninguna duda, que “una imagen vale más que mil palabras”.

Enviado por: Usuario “Andavelo”

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