Andanzas y correrías

De todos es conocido lo beneficioso que resulta para los chavales la práctica de actividades lúdicas. El otro día, en artículo de prensa, pude leer una lista de los valores que fomentan e influyen en su formación, para concluir diciendo que actualmente los chavales juegan poco.

No, no era nuestro caso. A finales de los cincuenta y principios de los sesenta, época a la que me refiero, cuando me tocó disfrutar de tan maravillosa edad, jugábamos mucho. Nuestro salón de juego era la calle. Únicamente las inclemencias del tiempo, muy duras tenían que ser, la noche y las malas notas una vez empezado el bachiller (a los diez años) nos apartaban de ellos.

De todos los beneficios que se enumeraban, quizás la convivencia con nuestras compañeras, las chicas, era la que más dejaba que desear. Y es que entonces la coeducación estaba lejos de implantarse. Las escuelas no eran mixtas y aquello de “las chicas con las chicas y los chicos con los chicos” se llevaba a rajatabla.

Sí que me agrada destacar de manera especial, de aquel entonces, la gran creatividad de la que teníamos que hacer gala. Ingenio necesario para la construcción de los elementos, herramientas o materiales propios del juego. Pocos juguetes eran de compra. Otra virtud los adornaba. Era consecuencia de la anterior, aunque fuera inconscientemente, la que nos llevaba a una obligada actitud recicladora no menos importante: Sin saberlo, fuimos precursores del ecologismo. Usábamos cualquier objeto que, por rotura o
desgaste, quedara inservible y fuera a la basura: Botes de hojalata, zapatos, paraguas, cámaras de ruedas, cojinetes, cañas, alambres… todo nos valía.

También disfrutábamos con otras actividades no menos satisfactorias. No eran juegos precisamente: Tenían su componente lúdico, pero también su riesgo, lo nos daba un aliciente especial.

Era cuando, reunidos en cuadrilla, rondábamos por los alrededores del pueblo. Estas andanzas, correrías, chiquilladas… como se las quiera llamar, tenían al río y sus orillas, casi imperiosamente, como lugares preferidos. Las cuadrillas no muy numerosas, cosa que hubiera llamado mucho la atención, actuábamos con sigilo, secretismo más bien. A ninguno de los componentes nos interesaba su publicidad. Bien para que ningún otro grupo las pudiera abortar, bien por no ser muy ortodoxas y algunas expresamente prohibidas.

Aunque nuestros padres pudieran sospechar que las hiciéramos ya que, no en vano, eran andanzas tradicionalmente ligadas a las conductas de los chavales de la época.

Con la llegada del buen tiempo y los días más largos, primavera y verano, solían iniciarse algunas de estas correrías: tardes pasadas por las lameras, construyendo alguna choza; la búsqueda de un buen lugar de pesca, acondicionarlo, cebarlo para otro día o pescando; también en otras ocasiones dábamos paseos por el río en pontón, previa localización del lugar donde lo amarraba su dueño, si no recuerdo mal por lo menos eran dos los pescadores que los tenían; danzar por azudes y sus múltiples riachuelos e isletas donde
nos refrescábamos, pescábamos a mano, cogíamos culebras, nadábamos, planificábamos… Intensas tardes de balón: partidos de fútbol en la plaza del granero o en las eras; agotadoras tardes de bicicleta por los caminos de las huertas; escapadas a las ruinas de la ermita del Pilar o a las del fortín…

Quizás, de entre ellas, la que tenga más presencia en mi memoria sea la que ahora vengo a relatar. Posiblemente porque, dependiendo del desgaste que había supuesto cualquiera de las andanzas realizadas, solíamos terminar con ella. Así la recuerdo:

“Guertecicas” con bancales. Dispuestos por sus orillas, nos tentaban los frutales: alberges y dorasnillas…

… cerezas entrelazadas, ásperas acerollicas, paraguayas aplastadas,  ceremeñas menudicas.

para evitar tropelías, vigilaban con esmero a todas horas del día. Que era cosa de zagales

– reunidos en pandilla – el saquear los hortales.  Mas, los dueños de los huertos,

No es que fueran razias. Pudieran parecerlas por los rastros que, cuando no andabas con tiento, cosa que sucedía alguna que otra vez, podíamos causar a las cosechas, hortalizas o a los propios árboles. Estas, pienso, junto a la lástima que nuestra impaciencia les producía al no dejar madurar la fruta, eran las principales preocupaciones al respecto y la causa de sus enfados, más que por la que pudiéramos comer. Algunas veces sí que nos pasábamos. Sucedía cuando caíamos más de una cuadrilla o repetíamos en un mismo hortal.

Conocíamos la huerta al dedillo, dónde estaban los frutales tempranos, los más sabrosos, los más exóticos o los menos abundantes. Quiénes eran los dueños, si tenían mejor o peor genio, hasta donde podían llegar sus enfados y actuábamos en consecuencia. Ciertamente, resultaba un aliciente extra, todo un reto, conseguir los frutos de los dueños más vigilantes o cascarrabias.

Sea como fuere, lo cierto es que pasábamos muchos ratos enfrascados en estas correrías. El código de comportamiento, en prevención de que pudiéramos ser sorprendidos, estaba establecido: A correr, sálvese el que pueda y no conocías al resto de los compañeros de andanzas… Yo, yo no estaba, pasaba por aquí por casualidad, iba dando una vuelta.

Este tipo actividades, básicamente, no cambiaron hasta que fuimos bastante más mayores. Eso sí, con el paso del tiempo, tenían matices distintos. Esto, hizo que el tiempo dedicado a ellas, así como su intensidad o la composición de las pandillas variaran, debido fundamentalmente a: Que unos quedaran en la escuela y al terminar empezaban la vida laboral, generalmente de aprendices, con catorce años y otros seguían con el bachiller, la mayoría en el pueblo y unos pocos a la ciudad; O al hecho de ir apareciendo las chicas, en principio en nuestras conversaciones y luego entraron en nuestros planes o quizá fuera al revés… O cuando, lejos del mundanal ruido, protegidos por la soledad de los parajes por los que rondábamos comenzábamos a descubrir nuestro cuerpo. Y no sin los miedos a quedarnos ciegos y las reprimendas en confesiones caíamos en tentaciones. Pero esto es harina de otro costal.

Fuente: Usuario “andavelo” de www.sastago.com

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