Como lo compré, lo vendo

Tiempo ha, en Sástago, oí contar esta historia que más abajo transcribo. Insistió el narrador que él la había oído contar por boca del protagonista y que en los mismos términos que la oyó, la narraba. Apostillando: como lo compré, lo vendo. Y con este preámbulo, comenzó

–       Como sabís todos, pa la guerra, muchos, pa evitar problemas, nos fuimos al monte. Vivíamos en los mases.

(Asentimiento general)

–       M’acuerdo una vez que estaba yo a la sombra d’un mas, como acostumbraba muchos días, pues trabajo había poco. Acaso, cazar pa llenar el puchero. Pero a lo que iba. Tan tranquilo estaría, echando una cabezada, traspuesto, seguro. Y, de repente, echan a aparecer aviones.¡ Qué susto me cascaron!. ¡La madre que los parió! De la parte de Purburel asomaban, de por Huesca o por ahí vendrían. Tiraban p’abajo… se podían contar más de un ciento.

Algunos de los oyentes, personas mayores, confirmaban el hecho:

–       Yo, desde la balsa el Horno los veía pasar – dijo uno.

–       Coñe, si hasta alguna tardada, si parabas atención, se veía el resplandor de las bombas que tiraban y hasta se oía el estruendo – apostilló otro.

Animado por tales ratificaciones, proseguía:

–       Tal que, cuando m’acostumbré a velos, tiempo tuve, pues pasaron muchos días, pa entreteneme, me levantaba, cogía el palo y encarándomelo, m’apuntaba y ¡pim, pam! como si tirara. ¡Qué buen blanco ofrecían! Si hubia sido un fusil, más de uno habría bajau.

–       ¡Chiquer! ¿No serían perdices y, sondormido como estabas, te paicerían aviones? – Le interrumpió uno.

Y él proseguía:

–       ¡Qué no, joer! Que bien rasos pasaban y buena ruidera que metían. Como pa confundilos. No fue eso sólo, no. Un día, los tenía encaros como siempre y, de repente, me veo que uno s’aparta del grupo. ¡Que hace ése! ¡No l’habré dao! -pensé riéndome.

(Risas)

–       Ni que tu palo fuera ametrallador ¿no?-apostillaron algunos

–        No fue nada, no, chiquetes. Que se separa, que se encara hacia mi, que cada vez más cerca. Y que yo patrás, patrás… a escondeme detrás del mas. Justo me vino llegar y ¡ratatatá, ratatatá…! ¡qué estaba ametrallando, el muy cabrito! Y no contento con el susto que me metió, vuelve y ¡ratatatá..!. otra vez y duro y dale, y yo dando vueltas alrededor del mas, pa escondeme de las rafagas. ¡Qué acojone! ¡Ay, rediós! Yo no sé las vueltas que di y él, detrás mío. Por lo menos vente u más.

–       Mira si daría vueltas, con deciros que no quedó una esquina sana. ¡Redondo dejó el mas!

–       No aponderes tú, no aponderes.- le censuraban algunos.

–        Redondico tal, lo que yo sus diga. ¡Ña si pegaría tiros!

–       Y no quedó la cosa así, no. ¡Quiá! Ya empezaba yo a respirar más tranquilo pues estaba ya más lejos que las veces anteriores y me paició que ya se marchaba. ¡Pues no! que veo que se gira y s’encamina pa mí  y esta vez más rasante que nunca. ¡Ay Dios mío! ¡Que la Virgen m’ampare! ¡Qué raso venía! Esta vez se va a empotrar en el mas, pensé. Y me lo veo que s’asoma por la ventanilla, que digo s’asoma, ¡medio cuerpo tenía fuera! Y cuando ya estaba encima, chilando y gesticulando como un descosido, no me  s’olvida la geta de malencarao que tenía, no -aun hay veces que me ensueño con él –va y me tira la llave inglesa.¡Casi me casca! ¡Que se había quedao sin munición el tío!

–       ¡Ala  cascala, qué trola! No nos ha jodido mal éste– le replicaron a coro.

Entonces él, muy decidido, se mete a casa y sale muy ufano blandiendo en su mano la llave en cuestión.

–       ¿Trola? Ñala, aquí la tenís.

Seguramente, si habéis terminado de leer, pensaréis lo que pensé en su día: ¡vaya chascarrillo que nos ha metido éste! Y puede que alguna vez lo hayamos oído contar como chiste o nosotros mismos lo hayamos hecho.

Mas, pensándolo bien, posiblemente, por lo menos en parte, el hecho sea básicamente real. No, desde luego, con las fantasías, exageraciones y resultado final expresados por el narrador. Y no estoy pensando en el protagonista primitivo. Me refiero al que yo se la oí contar que, dicho sea de paso, bien sabía poner en escena las historias. No le faltaban chispa, gracejo, simpatía, ni apasionamiento a la hora de contarlas. Y desde luego no se le atragantaban ni se le perdían las palabras. Supongo que así seguirá.

Texto:  Rafael Fernández Tremps

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