Los refugios contra los bombardeos de la aviación

En los primeros días de guerra no existía ningún refugio. Uno de los primeros en hacerse más populares fue en las bodegas de la casa de Mariano Aznar (El Picaca). Se entraba por la puerta del corral que daba a la carretera y presos del miedo todos entraban en él pensando que aquella fortaleza inexpugnable podía protegerlos de las bombas de la aviación y sin saber que si realmente una bomba hubiera impactado allí, los cascotes y escombros hubieran sepultado vivos a todos. Otro de los primeros puntos de reunión en casos de bombardeo fue la acequia del Espartidor.

Francisco Enfedaque Tremps, uno de los vecinos de Sástago narraba así en “La voz de la Tercera Edad” su experiencia:

“Los bombardeos arreciaban cada vez más y había que espabilarse, el instinto de salvación
espabila más que el de conservación y todos nos pusimos a picar en los lugares que se prestaban para hacer un refugio, todos se hicieron a pico y pala el escombro que sacaban a capazos, en esto es donde colaboramos los chicos”.

Se procuraba tener un refugio en cada barrio del pueblo. La sirena era la que avisaba con cierta antelación de los ataques aéreos y la gente corría apresuradamente hacia los refugios que en ocasiones escasamente daban cobertura a los sastaguinos.

La sirena se situaba en la torre de la iglesia y era bien escuchada en todos los rincones de Sástago. Esta, era activada por un vigilante que durante las 24 horas ejercía las tareas de “ángel de la guarda” en una caseta ubicada en los alrededores del Fortín.

Los primeros refugios, construidos de forma precipitada, ni siquiera contaban con las medidas de seguridad más elementales aconsejadas en estos casos. Comenzaron a hacerse de una sola boca, posteriormente se entendió que el peligro podía ser mayor si ésta quedara obstruida así que se decidió construir de dos bocas e incluso de tres. Las distancias solían oscilar entre los 10 a 30 metros.

Según, Francisco Enfedaque Tremps, el refugio que sobresalía por encima de los demás fue el del tío Camilo que estaba en la Cantera. También nos recuerda otros como el de la Central nº 2, el de la fábrica de Carburo, había otro en los lavaderos, en el puerto del Marinero, en la acequia de las Mulas, en la bajada de la fábrica de harinas, en la zona del puerto del Escribano, en las Yeserías, en el cantón de la Luna, en la cantera, la plaza del Rebote y en los dos Portales.

Otro de los problemas que se encontraban los vecinos de Sástago cuando sonaban las sirenas era el traslado de las personas mayores, inválidos, enfermos, etc. Los más fuertes cargaban en hombros a las personas más desprotegidas, las mujeres corrían con los niños en su pecho, en sus brazos, a su espalda, etc.

Aunque no siempre las bombas que lanzaba la aviación alcanzaban las casas de la localidad, si hay que pensar que no se contaban con la tecnología que hoy en día nos hace recordar las recientes guerras en el que los ataques por aire parecen estar hechos de forma estudiada y milimetrada, por lo que a comienzo del siglo pasado las bombas caían de forma incontrolada e indiscriminada en un radio de alcance que por supuesto incluía las casas de la localidad. Suponemos que la única referencia visual que tenían los aviones era el curso del río Ebro ya que sus principales objetivos estaban allí (puente y central hidroeléctrica).

Aún en nuestros días pueden observarse las bocas de algunos de los refugios que sirvieron de acogida a los sastaguinos, tan solo hace falta hacer un recorrido por los aledaños del Paseo de la Cantera en dirección hacia el Pabellón de Deportes para observar ahora, ya en ruinas, las cuevas que probablemente sirvieron para salvar las vidas de algunos de nuestros familiares.

Texto: Francisco Enfedaque Tremps
Fuente: Publicación nº 76 revista Asociación Tercera Edad de Sástago

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *