Otra de cazadores de Sástago

Es sabido que entre los cazadores se gastan bromas graciosas, pesadas, ligeras y, en fin de todo tipo. Esta que les voy a contar sucedió hace unos años en el monte de Sástago. Aunque la broma empezó unos días antes en la casa del que fue objeto de ella, que,  por no cambiar le llamaremos Manolo.

Ocurrió que el amigo Manolo invitó a su casa a unos cuantos compañeros cazadores para degustar unas rodajas de chorizo de jabalí y cecina de ciervo regado. Todo ello con buen vino. Así de generoso se mostraba el amigo Manolo con todos sus compañeros de cacerías. Su casa, una de esas rústicas de Sástago y de tanta fama en gestas de cazadores no podía por menos que tener innumerables animales disecados.

Como decía al principio, a los pocos días de la citada merendola en casa de Manolo, los compañeros de cacería se juntaron en el mas que compartían en el monte y tras las conversaciones de rigor marcharon a pasar la mañana cazando. Transcurrió la mañana con menos tiros de los que pensaban tirar y menos piezas de las que pensaban cobrar pero como la comida la habían traído de casa se dispusieron a volver al mas y prepararse la comida. Cuando llegaron, se encontraron que uno de ellos se había adelantado y la comida estaba casi a punto. Entre bromas y fandangos se pusieron a comer dejando la puerta del mas abierta. Las escopetas colgaban de los ganchos de la pared. Manolo estaba estratégicamente situado frente a la puerta, la verdad es que le dejaron el sitio.

Terminando la comida, cuando el vinillo empezaba hacer su efecto, uno de los cazadores; Eduardo, lanza una exclamación. ¡Me caguen la mar si hay una perdiz en medio del camino!

Todos se volvieron al unísono para mirar la perdiz. Manolo que la tenia enfrente la vio enseguida y se levanto como un rayo, cogió la escopeta, metió rápidamente dos cartuchos y salió disparado por la puerta, apuntó y disparo el tiro. Erró el blanco pero la perdiz se mantuvo erguida. Manolo apunto de nuevo, esta vez afino la puntería y el tiro dio de lleno en la perdiz que saltó por los aires soltando plumas y un extraño polvillo blanco.

Manolo se acercó corriendo, tomo su presa y empezó a lanzar exabruptos al verla completamente desecha por el certero disparo. ¡Sois unos desalmados! No tenéis consideración! Y yo os consideraba amigos! Encima era un regalo de mi mujer.

Lo que había ocurrido fue lo siguiente. Durante la merienda en casa de Manolo uno de los amigos cogió una perdiz disecada y el día de la cacería lo prepararon todo para gastarle la broma poniéndole la perdiz disecada al alcance de su vista. Lo que no vieron fue la inscripción debajo del pedestal que decía: A mi Manuel como sé que le gustan tanto.

Texto: José Fernando Benito Gascón

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *